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El huerto personal

Huerto personal, reflexión

«Enséñame tu huerto y te diré cómo eres». Qué duda cabe de que el huerto, como nuestra vivienda, nuestra mesa de trabajo o la ropa que vestimos, como todas las cosas que hacemos, nos define.

Por otro lado, las personas no somos, afortunadamente, tan previsibles y fáciles de encasillar y existen además numerosos condicionantes sociales y culturales. Del mismo modo que no siempre vestimos como queremos, sino según queremos que nos vean, así como hay quien reserva los mejores espacios de la casa para mostrarlos a las visitas, igualmente la relación que tengamos con nuestro huerto refleja nuestro momento vital, nuestra actitud ante la vida o, en definitiva, lo que somos o querríamos ser.

El hecho de embarcarse en esta tarea ya es diferenciador, ya nos indica una serie de condiciones que muchos no comparten o por las que no se sienten seducidos: no nos da miedo el trabajo físico, nos gusta la naturaleza, nos preocupa la salubridad y el disfrute de lo que comenos, somos observadores y pacientes, organizados y previsores. Los somos o, cuanto menos, queremos aprender a serlo. Y dentro de esto, cada huerto adquiere su estética, que refleja su personalidad y la de su hacedor: desde los huertos «de diseño», con cada semilla colocada al milímetro y con el equipo completo de herramientas, aunque a veces no se sepa para qué sirven; hasta el huerto «salvaje», en el que los frutos aparecen como por casualidad y las hierbas —no existen las malas hierbas, como mucho son inoportunas o están en el sitio inadecuado— no nos dejan ver lo que crece. Nos encontramos con horticultores que «limpian» el huerto —y de paso lo privan de todas las sustancias que la naturaleza, sabiamente, utiliza para enriquecer el suelo— y otros que, sobre todo por influencia oriental, son partidarios de dejar a solas a los misterios de la creación y de que todo siga su curso natural sin remover el suelo ni quitar una brizna. Entre uno y otro extremo caben muchas opciones según nuestras características y las de la zona donde vivamos.

Huerto personal, paisaje

En cualquier caso, lo deseable es que el huerto refleje una actitud abierta y respetuosa, y que cualquier idea que se ponga en práctica tenga como principio favorecer el desarrollo sin forzarlo, evitar elementos tóxicos —siempre hay alternativas menos invasoras y menos contaminantes— y reducir el impacto medioambiental gracias al aprovechamiento de restos orgánicos y a la reutilización de objetos de deshecho cotidianos como botellas de plástico, neumáticos, recipientes de barro…

Cuidar un huerto es, además de algo tangible y muy disfrutable para uno mismo y para quienes nos acompañan, una metáfora de nuestra actitud ante la vida, una forma de plasmar nuestros logros cotidianos con ilusión y paciencia, haciéndonos cómplices de nuestro entorno y dejándonos acompasar por los ciclos naturales.

Angel Palenzuela

 

 

 

Autor: Angel Palenzuela

Hortelano, docente y escritor.

Ha publicado el libro NO ME HABLES ASÍ sobre el lenguaje en los medios de comunicación.

 

2 comentarios en El huerto personal

  1. Felicidades Ángel por este artículo enriquecedor y agradable en su contenido.
    Un abrazo

  2. Gracias Manolo, siempre motiva que haya respuesta a una propuesta.
    Saludos.

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