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EL huerto interior

Hombre reflexionando, huerto interior

Plántula, huerto interiorEs invierno. Un invierno suave, de silencio expectante. Hace sol, la luz matinal acaricia la piel y atempera las sensaciones. Buena temperatura para esta época, no es muy temprano, pero tampoco tarde: apetece levantarse. Como todas las mañanas, antes de desayunar hago mi recorrido por el huerto, observo cada pequeña transformación con respecto a ayer, registro visualmente hasta el mínimo detalle, invisible a los demás: «Ya se ven las hojas de apio…». «La col va formando ya su geometría…». «¿Habrá suficientes ajos…?». Pocas vivencias cotidianas superan la sorpresa de descubrir nuevos brotes en una planta venida a menos o la satisfacción de recolectar las primeras recompensas del pequeño frutal. A pesar de su aparente quietud, un huerto está siempre pletórico de actividad. La serenidad vital se transmite, fluye por el cuerpo, me siento confiado e ilusionado; me gusta sentirme responsable y quiero creerme imprescindible, pero es una sensación ingenua: sé que, a cambio de algo de mimo, este pedazo de tierra me dará mucho más de lo que me corresponde. Por eso satisface tanto más compartirlo, ofrecer a los demás lo mejor que nadie puede brindar: el fruto de un trabajo hecho con admirada dedicación y profundo agradecimiento; sentir satisfacción no de lo que hemos hecho, porque no hemos hecho nada, sino del respeto y el tesón que hemos puesto para que ella, la Madre Tierra, haga aquello que le es inherente: crear vida a partir de lo ya extinto.

Lechugas, huerto interiorCuidar un huerto es una labor de ida y vuelta, de reciprocidad. Habrá quien tenga la suerte de disponer de un pequeño terreno, otros podrán organizar, en familia o con los vecinos, un huerto urbano, incluso merece la pena colocar estratégicamente unas macetas en la terraza o en el patio, terrones que nos darán plantas aromáticas para la cocina y que nos ofrecerán colorido y aromas desde rincones olvidados. En el huerto hacemos ejercicio, recuperamos el olfato y el paladar, mantenemos contacto firme con la tierra sin intermediaciones, de la misma manera que se ha hecho desde tiempos inmemoriales, recuperamos el tiempo de las cosas y la conciencia de vivir; quien se ha manchado las manos de tierra, quien ha visto crecer y desarrollarse aquello que ingiere, participa de lo esencial, del primigenio devenir. A partir de lo sencillo, reconocemos el misterio de los procesos vitales y nos amoldamos a los ciclos naturales. Qué banales pueden resultar tantas miserias cotidianas, tantos afanes dudosos, tanta preocupación artificial. Qué fácil es entender la vida y la muerte cuando nos regimos por los principios naturales y prestamos menos atención a lo superfluo; cuando, agradecidos a la vida, disfrutamos de lo esencial. Un huerto es un reposado y apacible sendero hacia nosotros mismos, un retorno a la propia identidad y sustancia, una lección de cuidado hacia nuestra esencia íntima; una ruta hacia nuestro huerto interior.

 

Autor: Angel Palenzuela

Hortelano, docente y escritor.

Ha publicado el libro NO ME HABLES ASÍ sobre el lenguaje en los medios de comunicación.

 

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